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Necesitamos curarnos

Eliminar lo que nos hace daño es quedarse cortos

Durante mucho tiempo hemos entendido el cuerpo humano como una máquina de alta ingeniería: cada órgano o sistema trabaja minuciosamente de forma independiente para ejercer una función altamente específica.  


En base a esta idea, cuando el cuerpo enferma la idea es sustituir o reparar la pieza que falla. Así, por ejemplo, tras un infarto de miocardio en el que no llega suficiente sangre a una parte del corazón porque una arteria se ha obstruido, la solución es poner una especie de muelle dentro de la arteria que permita que ésta se abra y pueda circular la sangre.


Por el contrario, la medicina integrativa no entiende el cuerpo como un conjunto de sistemas independientes, si no que todos los sistemas de nuestro cuerpo se relacionan íntimamente formando una red en la que la comunicación es continua.


Esto permite explicar porque un problema en el sistema metabólico como la hipertensión, puede partir de la disfunción de nuestro sistema nervioso y un contexto emocional adverso.


Además, la medicina integrativa intenta ir más allá y se pregunta qué es lo que ha alterado la función del organismo para que éste acabe enfermando. El control de los factores que nos conducen a la enfermedad es lo que va a permitir la mejoría a corto, pero, también, a largo plazo.

Esto es clave en el contexto en el que vivimos, ya que la mayor parte de los factores que nos enferman no tienen nada que ver con nuestros genes si no con la forma en la que vivimos. Así, alteraciones metabólicas como la obesidad pueden estar detrás de alteraciones en nuestra microbiota intestinal por comer muchas veces al día comida ultraprocesada, los disruptores endocrinos que encontramos en los plásticos o no dormir de forma adecuada. ​

La pieza que faltaba: el proceso de curación


Pero bloquear la disfunción que lleva a la enfermedad bien con fármacos o herramientas mecánicas o incluso bloqueando los factores de riesgo, resulta insuficiente.


Durante mucho tiempo, tanto la medicina convencional como la integrativa hemos confiado en la capacidad del organismo para curarse. El cuerpo después de un proceso patológico tiene que ser capaz de reorganizarse y transformarse para alcanzar la salud completa.


El proceso de curación no ocurre "porque sí". Para que se dé a cabo tienen que activarse diferentes programas celulares de una forma muy precisa y secuencial que corren a cargo de una pieza fundamental de nuestras células: la mitocondria.


Siempre hemos pensado que la mitocondria tenía una función puramente energética, permitiendo extraer la energía de los nutrientes para dársela a nuestras células, pero hoy en día sabemos que también actúan como sensores altamente sensibles al daño y coordinan el proceso de curación.


Ante cualquier tipo de amenaza (infección, tóxicos, trauma, estrés psicológico intenso...) las mitocondrias producen inmediatamente cambios en su morfología, función y la forma de comunicarse con otros tejidos, con el objetivo de acabar lo antes posible con aquello que nos está poniendo en peligro.


Así en una primera fase, aumentan los radicales libres en la célula (que son literalmente bombas que destruyen al enemigo), se estimulan nuestros ejércitos inmunitarios y se produce una desconexión en la comunicación entre los tejidos dañados y los tejidos sanos, con la misión de que no cunda el pánico y se extienda la señal peligrosa por todo el organismo.


Si el daño se contiene y las señales de peligro disminuyen, la célula progresará hacia la fase 2 en el que se reemplazan las células que se han visto dañadas y finalmente a la fase 3 en la que las nuevas células se especializan para ejercer sus funciones específicas según el tejido en el que se encuentren.


mitocondria

¿Por qué no nos curamos?

Hoy en día sabemos que lo que está detrás de la cronificación de los procesos patológicos es la incapacidad del cuerpo para curarse.


Para que el proceso de curación se complete la mitocondria necesita dos requisitos fundamentales: tener suficiente energía y sustratos específicos que le permita avanzar en cada fase y recibir del entorno que la señal de peligro ha cesado.


Por desgracia, vivimos en entornos donde nuestro organismo no recibe ni la información, ni la energía, ni los sustratos necesarios.


Nuestro cuerpo recibe constantemente señales de peligro del exterior (contaminación, tóxicos, estrés, alimentos ultraprocesados, sueño no reparador...) y esto hace que siempre tenga que estar activado en modo de lucha gastando frenéticamente recursos energéticos y sustratos.


Consecuentemente la célula se puede quedar encallada en alguna de las fases de forma permanente impidiendo que se complete la curación, pero además dando lugar a diferentes disfunciones o enfermedades.


Así el boicot de la fase 1 se relaciona con patologías inflamatorias como las alergias y las infecciones recurrentes, de la fase 2 con patologías metabólicas como hipercolesterolemia, obesidad, enfermedades autoinmunitarias y cáncer, y el de la fase 3 con patologías del sistema nervioso central como la fibromialgia y el COVID persistente.


Desde este nuevo punto de vista resulta imprescindible apoyar activamente el proceso de curación enfocándonos en nuestras mitocondrias: que reciban la energía y sustratos que necesitan y sobre todo que reciban la información de que no estamos en peligro.


Determinada complementación alimenticia y herramientas terapéuticas nos pueden ayudar a activar las fases bloqueadas (magnesio, vitamina B6 y B3, taurina, L-glutamina, fosfatidilcolina, β-hidroxibutirato, luz infrarroja...) pero en realidad, la clave para tener unas mitocondrias funcionales es a través de la recuperación del contexto en el que nuestros genes se crearon hace 2 millones de años con la aparición de los primeros seres humanos.


Es a través de esta forma de vida ancestral donde nuestros genes funcionan correctamente y nuestras mitocondrias se sienten en un lugar seguro: exposición al frío y el calor de forma intermitente (antes no había calefacción ni aire acondicionado); comida real y no ultraprocesada (no había refrescos, pizzas, pan, productos precocinados...); restricciones calóricas (antes no hacíamos 5 comidas al día y picábamos entre horas); regulación circadiana (comíamos y trabajábamos cuando había sol y cuando anochecía descansábamos); evitar el sedentarismo (necesitábamos movernos para poder sobrevivir y además el ejercicio físico nos permitía que se crearan nuevas mitocondrias) y finalmente es imprescindible la reducción del estrés mediante la activación de nuestro nervio vago, ese nervio que permite la relajación del cuerpo (respiraciones conscientes, mindfullness, técnicas de relajación...)


En resumen

Si las enfermedades crónicas son procesos de curación incompletos, no basta con eliminar los factores que nos dañan.


Necesitamos reactivar la capacidad del cuerpo para avanzar hacia la salud, restaurar la función mitocondrial y reconstruir un entorno que transmita seguridad biológica.


Porque curarse no es solo dejar de estar enfermo. 

Curarse es volver a funcionar.


 


 

 

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